Seventy-four songs about my October






"Konrád tenía un refugio adonde su amigo no podía seguirle: la música. Era como si tuviera un lugar secreto, sólo para él, donde nadie en el mundo pudiera alcanzarlo. 
Henrik tenía callos en los oídos, le bastaba con la música cíngara y los valses de Viena.
 En la Academia nunca se hablaba de música; aunque la toleraran y la perdonaran, tanto los profesores como los demás estudiantes, como un capricho pasajero, típico de la juventud.
 Todo el mundo tiene su punto débil. Hay quien cría perros y quien monta a caballo. Es mejor que jugar a las cartas, pensaban. Es menos peligroso que las mujeres, pensaban. El general sospechaba que la música no era una pasión tan exenta de peligros. Naturalmente, en la Academia no toleraban ninguna rebeldía, ni siquiera la rebeldía musical. El conocimiento de la música, del concepto de la música, formaba parte, hasta cierto punto, de la educación, pero solamente en un sentido general. Sólo sabían de la música que se ejecuta con trompetas y tambores, que el director va delante, alzando a veces un bastón de plata, y que detrás de los músicos marcha un poni, arrastrando un enorme tambor. Esta música suena fuerte y ordenada, proporciona la disciplina necesaria para el desfile de las tropas, atrae a los civiles a la calle, y constituye una parte indispensable en cualquier ceremonia militar. Los soldados desfilan más disciplinados al compás de la música. Aquella música era a veces divertida, a veces pomposa y festiva. 
Por lo demás, nadie en absoluto prestaba ninguna atención a la música. Konrád sí que palidecía cada vez que escuchaba música. Cualquier tipo de música, incluso la más popular, lo tocaba tan de cerca como si le estuvieran tocando el cuerpo de verdad. Palidecía, sus labios temblaban. La música le decía algo que los demás no podían comprender. Probablemente las melodías no le hablasen al intelecto. La disciplina en la que vivía, en la que había crecido, la disciplina que le había ayudado a obtener su lugar y su rango en el mundo, la disciplina que él mismo había elegido de manera voluntaria — como el creyente que escoge por sí solo la culpa y el castigo—, esa disciplina desaparecía en tales momentos, y su cuerpo tenso y crispado se relajaba. Era como cuando en las ceremonias militares, después de una larga revista de la tropa, se escucha la orden de descanso. Sus labios temblaban, como si hubiese querido decir algo. 
En esos momentos se olvidaba por completo de dónde estaba, sus ojos sonreían, miraba al vacío, no veía nada de lo que le rodeaba: no veía a sus superiores ni a sus compañeros, ni siquiera a las damas elegantes ni al público del teatro. Escuchaba la música con todo su cuerpo, con una atención parecida a la que presta un condenado en su celda al ruido de pasos que quizás lleven la noticia de su salvación. En esos momentos no oía a quienes se dirigían a él. La música rompía en pedazos el mundo a su alrededor, cambiaba las leyes establecidas de manera artificial durante unos instantes: en esos momentos Konrád no era un soldado. Una noche de verano, mientras Konrád interpretaba en la mansión una pieza a cuatro manos con la madre del general, sucedió algo. Estaban sentados en el salón, antes de la cena; el guardia imperial y su hijo escuchaban la música, respetuosos, sentados en un rincón, con atención y paciencia, como cuando alguien dice: «La vida está llena de obligaciones, la música también hay que soportarla. No es de buena educación contradecir a las señoras.» 
La madre ejecutaba la pieza con pasión: tocaban la Polonesa-Fantasía de Chopin. Era como si todo se hubiese revuelto en el salón. El padre y el hijo sentían, sentados en sus sillones en aquel rincón, en su espera paciente y disciplinada, que en los dos cuerpos, en el cuerpo de Konrád y en el de la madre, estaba sucediendo algo. Era como si la rebeldía de la música hubiese elevado los muebles, como si una fuerza invisible hubiera movido las pesadas cortinas desde el otro lado de las ventanas; era como si todo lo que había sido enterrado en los corazones humanos, todo lo corrompido y descompuesto reviviera, como si en el corazón de cada uno se escondiese un ritmo mortal que empezara a latir en un momento dado de la vida con una fuerza inexorable. Los oyentes disciplinados comprendieron que la música podía ser peligrosa. Los otros dos, la madre y Konrád, sentados al piano, no hacían caso de los peligros. La "Polonesa Fantasía" era tan sólo un pretexto para desatar en el mundo unas fuerzas que todo lo mueven, que lo hacen estallar todo, todo lo que la disciplina y el orden humanos intentan ocultar.
Estaban sentados al piano, rígidos y erguidos, con sus cuerpos tensos, ligeramente inclinados hacia atrás, como si la música hiciera surcar los aires a unos invisibles corceles de fábula que arrastraran una carroza ardiente, avanzando en medio de una tormenta, por encima del mundo, galopando; y ellos dos parecían tener bien sujetas, con el cuerpo erguido y las manos firmes, las riendas de aquellas fuerzas desatadas. 
De repente, la música terminó con un golpe seco. Un rayo de sol crepuscular penetró por la ventana abierta; en su halo luminoso bailaban unas motitas doradas de polvo, como si los corceles celestiales de la música ya lejana hubiesen levantado el polvo del camino del cielo que lleva a la nada y a la destrucción..."

Veréis, no hay ni un sólo día de cada mes que no me acompañen canciones; en el trabajo, al salir a correr, para jugar al ajedrez, mientras estudio y últimamente, mientras "como" techo  sin haber inhalado la sustancia de la que está hecha dicha pared. Curioso, ¿verdad? Estar metido dentro de un círculo sin haber hecho nada por estar dentro de Él.  Bueno, " De aquellos polvos vinieron estos lodos", afirma el refrán. 

Pues como decía, de ese centenar o millar de canciones que me acompañan, voy rescatando aquellas que hacen que pare mi actividad para prestarle especial atención. De esas, quedan unas "poquitas" que me han emocionado, que me parecen  buenas y bonitas, que son "banda sonora" de varios días etc etc  Esas pequeñas historias, selectas entre las selectas;  comparto  ahora con vosotros.

Playlist de Octubre.


Se me olvidaba,   el texto que encabeza este "post" está extraído del libro "El último encuentro" de Sándor Márai. 
Besos y abrazos para todas y todos. 

posdata: ¿ Se nota mucho que leí "Instrumental" de James Rhodes con los auriculares puestos y el móvil a mano? 

* En la imagen, Jaqueline du Pré. Os invito a escucharla, conocerla y descubrir su historia , si  aún no lo habéis hecho. 



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