El escritor.








Aquel que juega a la vida con el papel convive diariamente con el odio, el miedo, la voz de su pasado y la locura. Buscamos constantemente palabras para responderles y silenciarlos tras escucharlos; como mínimo unas horas. Aunque si soy sincero , he de decir que la locura tiene ganado a mi corazón, suelo hacer lo que ella me diga.
Alguna vez aparece el odio y me recuerda la bajeza del que escribe sobre el amor, (sobretodo del que lo sueña y no se atreve a reconocerlo), del pasado, del dolor.
El impertinente odio, me cuenta que que las flores deben librarse de mi mirada , Así, al fin descansarían de que impostores como Yo no paren de decir mentiras acerca de ellas. Yo le respondo que si no hubiera odiado ayer, no estaría aquí sentando frente a este papel escribiendo estas palabras que hablan de Ella sin nombrarla, si no buscara la belleza, no vería como una pequeña luz hace que el negro no sea tan negro. La oscuridad no dejará de ser oscuridad por mis palabras, pero esa luz captará la atención del que este sumergido en ella y un pequeño halo de luz es un motivo para abrir los ojos. Y, tal vez ahora , usted lector se pare a mirar las flores.
En otras ocasiones me visita el miedo. Me dice que la felicidad es frágil como un instante, que hay que saber tratarla para que no se marche, siempre tentada a subir al tren invisible de la adolescencia. Sólo atino a responderle que soñé que atrapaba sueños perdidos. Sé que hay algún sueño perdido donde se encuentra la felicidad. Como un atardecer por el que valen la pena todas las horas perdidas.
Lo que más temo es cuando intenta ejercer sobre mí su feroz tiranía mi pasado.
Nunca es aquí donde quieres estar. Sé que te marcharas y no volverás. Sé que puedes ser abrazo, pero también puñal. Intentaste tantas veces despedirte de ti mismo “, me suele reprochar.
Si hubiera vivido lo que soñé no tendría estos sueños hoy. Y si no se cumplen, sé que puedo ser feliz en un en el olvido, en un avión de papel lleno de palabras que están a punto de nacer.”, le contesto.
Me envalentono y afirmo que una canción me recuerda su olor y le propongo que me hable acerca de su verano. Se hace el silencio. Ese del que nacen las palabras, la vida. Como tu silencio que dice tanto sin que hables.
La última en llegar es la locura. Ay, la locura. Me engaña con sus seductoras palabras. Me habla de intentar arañar el umbral de la sensibilidad, de los puentes que nos salvan del abismo, que no nos dejan caer, que nos llevan a lo desconocido. Me propone atravesarlos.
Iré a dónde tus manos me quieran llevar”, le susurro.
Y todo cobra sentido.
Existen estos versos, existes Tú tal como te sueño hoy.

Y existo Yo, este cúmulo de desperfectos escondido entre palabras.

* En la imagen, "God" Dylan. 

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